4 de Octubre – Violeta Parra

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Violeta del Carmen Parra Sandoval (San Fabián de Alico1​ o San Carlos,​ Región de Ñuble, Chile, 4 de octubre de 1917-La Reina, Santiago, 5 de febrero de 1967),​ conocida como Violeta Parra.

Fue una artista chilena, reconocida como una de las principales folcloristas en América del Sur y divulgadora de la música popular de su país. Fue miembro de la prolífica familia Parra.

Su contribución al quehacer artístico chileno se considera de gran valor y trascendencia. Su trabajo sirvió de inspiración a varios artistas posteriores, quienes continuaron con su tarea de rescate de la música del campo chileno y las manifestaciones constituyentes del folclore de Chile y América Latina.

Sus canciones han sido versionadas por diversos artistas, tanto chilenos como extranjeros. En conmemoración de su natalicio, el 4 de octubre es celebrado el «Día de la música y de los músicos chilenos».

Violeta sufría continuamente de enfermedades, incluyendo un ataque de viruela a los tres años. Mientras mejoraba, se divertía junto con sus hermanos en las aguas del vecino río Ñuble y en los aserraderos y barracas del sector.

Los niños revelaron precozmente su inclinación al espectáculo. Imitaban a los artistas de los circos que se instalaban en las proximidades del hogar. Se disfrazaban con atuendos de papel; Violeta y su hermano Lalo cantaban a dúo y montaron varias representaciones por las que cobraban entradas a los niños. Violeta empezó a tocar la guitarra a los 9 años, mientras que a los 12 compuso sus primeras canciones.

Realizó los cursos primarios y estuvo un año en la escuela normal, que abandonó para trabajar en el campo y ayudar a su familia debido a que su padre enfermó gravemente. Los hijos de la familia lucharon por sobrevivir saliendo a cantar en restaurantes, posadas, circos, trenes, campos, pueblos, calles e incluso burdeles.

Los problemas económicos se agravaron cuando el padre falleció en 19292​ y, en 1932, Violeta se fue a vivir a Santiago invitada por su hermano mayor, el futuro antipoeta Nicanor Parra, que estudiaba allí. Retomó los estudios en la Escuela Normal de Niñas, donde no se sintió a gusto, porque era el canto y no la escuela lo que le interesaba. Por eso, la dejó y comenzó a cantar en bares, quintas de recreo y pequeñas salas de barrio junto con su hermana Hilda.

En 1935 su madre y hermanos llegaron a Santiago y juntos se instalaron en la comuna de Quinta Normal.

En 1937 Violeta inició su carrera artística en el restaurante El Popular de Avenida Matucana #1080 —interpretando boleros, corridos, cuecas, rancheras y tonadas junto con sus hermanos Hilda, Eduardo y Roberto—; luego también en El Tordo Azul, ubicado enfrente.

En ambos conoció a Luis Cereceda Arenas, obrero ferroviario2​ de la Estación Yungay, con quien se casó un año después y tuvo dos hijos: Isabel (1939) y Ángel (1943),​ quienes se convirtieron en destacados músicos y adoptaron el apellido materno al ingresar en el ambiente artístico.

El matrimonio —que vivió en Llay-Llay, Valparaíso y Santiago—, comenzó a presentar inconvenientes, dado el carácter inquieto y lleno de distracciones de Violeta —cantaba en botes del puerto, se presentaba en radios y se había unido a un grupo de teatro—, que no se acomodaban al ideal convencional de esposa. Se separaron en 1948, pero antes, Cereceda, que militaba en el Partido Comunista, inició a Violeta en la actividad política y ambos participaron ayudando en la campaña presidencial de Gabriel González Videla (1946).

Hacia 1947 formó el dúo de música folclórica llamado Las Hermanas Parra junto con su hermana Hilda,13​ con lo que tenía una fuente de ingresos.​ En 1949, nació su hija Carmen Luisa Arce Parra —que murió en Bruselas en 2007—​ y ese mismo año contrajo matrimonio con el padre de la niña, Luis Arce Leyton, mueblista y tenor de ópera.2​ En 1952, nació su hija Rosa Clara, quien falleció dos años después.​ En la misma época, editó sus primeros discos junto con su hermana Hilda, para el sello RCA Víctor. Se trataba de grabaciones en formato single de canciones populares chilenas, como «El Caleuche», «La cueca del payaso» y «La viudita». El dúo funcionó de manera constante hasta 1952.

A principios de la década de 1950, comenzó su extensa labor de recopilación de tradiciones musicales en diversos barrios de Santiago y por todo el país. En estas andanzas, conoció a diversos poetas, incluyendo a Pablo Neruda y Pablo de Rokha. Su hermano Nicanor la estimuló a asumir con personalidad propia la defensa de la auténtica música chilena, en contra de los estereotipos que hasta ese momento se manejaban. Es así como su repertorio —hasta entonces basado en boleros, cantos españoles, corridos mexicanos y valses peruanos— pasó a las canciones más tradicionales del campo chileno, que le permitieron descubrir los valores de la identidad nacional como ningún otro artista lo había hecho antes. Esta labor de recopilación quedó plasmada en más de tres mil canciones, reunidas en el libro Cantos folclóricos chilenos y sus primeros discos en solitario, editados por EMI Odeon.

En 1953 grabó los exitosos sencillos «Casamiento de negros» y «Qué pena siente el alma», que se convirtieron en dos de sus canciones más conocidas. En 1954 mantuvo en la Radio Chilena el programa Canta Violeta Parra, y ganó el Premio Caupolicán a la folclorista del año,​ lo que le valió una invitación para presentarse en un festival juvenil en Varsovia (Polonia). Aprovechó este viaje para recorrer la Unión Soviética y partes de Europa. Fue particularmente provechosa su estancia en París, donde grabó sus primeros larga duración —Guitare et chant: chants et danses du Chili (1956) y una serie de canciones grabadas que se editaron en diversas compilaciones posteriormente—, que incluían exclusivamente canciones recopiladas del folclore chileno. El éxito obtenido en Europa era inédito para cualquier artista chileno, y Violeta se llenó de inspiración y creatividad. Fue en París donde se enteró de la muerte de su hija Rosa Clara.

Regresó a Chile en 1957 y en noviembre se fue con sus hijos Ángel y Carmen Luisa a Concepción, contratada por la universidad penquista. Allí fundó, al año siguiente, el Museo Nacional del Arte Folklórico y posteriormente regresó a Santiago.

Cuatro discos suyos aparecieron en ese periodo —Canto y guitarra (1957), Acompañada de guitarra (1958), La tonada y La cueca (los dos últimos de 1959)— bajo la etiqueta de EMI Odeon, con varias de sus primeras composiciones. Acá asomaba la cantante preocupada de temas sociales («Yo canto a la diferencia»), la brillante constructora de décimas y composiciones poéticas («Verso por desengaño») y la musicalizadora de poemas («Cueca larga de los Meneses», de su hermano Nicanor). Los discos se grabaron con el mínimo acompañamiento de una guitarra de madera, y en la actualidad se encuentran descontinuados, al igual que los álbumes Toda Violeta Parra (1961) y Violeta Parra en Argentina (1962).

Además, su actividad artística se diversificó: trabajó en cerámicas, pinturas al óleo y arpilleras, que presentó en las dos primeras ediciones de la Feria Chilena de Artes Plásticas (1959 y 1960).​ Trabajó un tiempo en un museo de arte popular y folclórico que ella misma fomentó a crear en la Universidad de Concepción y luego viajó por casi todo Chile, ofreciendo cursos de folclore y recitales.

En 1961 Violeta viajó a Argentina, vivió en General Pico en la casa de la familia del gobernador, Joaquín Blaya. En La Pampa cantó en la peña «El Alero» e impartió cursos de folclore, cerámica, pintura y arpilleras. Viajó a Buenos Aires a exponer sus pinturas y a actuar en la televisión y en el Teatro I.F.T. Grabó un LP para EMI Odeón que fue prohibido y no se distribuyó. En la capital argentina en junio de 1962, se reunió con sus hijos Ángel e Isabel y su nieta Tita. Se embarcaron rumbo a Helsinki (Finlandia) para participar en el VIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes.

Posteriormente, recorrió la Unión Soviética, Alemania, Italia y Francia, donde se instaló en París. Allí cantó en el Barrio Latino y dio recitales en el Teatro de las Naciones de la Unesco, actuó en radio y televisión junto con sus hijos, bordó arpilleras e hizo esculturas en alambre.​ Asimismo, en 1962 grabó para el sello Arion una serie de canciones editadas en diversas recopilaciones posteriores.

Además de lanzar al mundo discográfico a sus hijos Isabel y Ángel Parra con el disco Au Chili avec los Parra de Chillán (1963), continuó sus grabaciones con el LP Recordando a Chile (una chilena en París), grabado entre 1964 y 1965, que incluyó dos canciones compuestas y cantadas en francés, así como también otros temas muy importantes de su carrera, como «Paloma ausente» y «Arriba quemando el sol». Fue una etapa de gran nostalgia, tal como lo atestiguan canciones tan sentidas como «Violeta ausente».

En 1964 logró una marca histórica al convertirse en la primera latinoamericana en exponer individualmente una serie de sus arpilleras, óleos y esculturas en alambre en el Museo de Artes Decorativas del Palacio del Louvre,​ en una muestra titulada Tapices de Violeta Parra. También escribió el libro Poesía popular de Los Andes, y la televisión suiza filmó el documental Violeta Parra, bordadora chilena. En este periodo, forjó una firme relación con el antropólogo y musicólogo suizo Gilbert Favre, el gran amor de su vida —con el que vivió en Ginebra, compartiendo su tiempo entre Francia y Suiza—, y destinatario de sus más importantes composiciones de amor y desamor: «Corazón maldito», «El gavilán, gavilán», «Qué he sacado con quererte», entre muchas otras.

En esta época, surgieron sus textos más combativos: canciones como «Miren cómo sonríen», «Qué dirá el Santo Padre», «Arauco tiene una pena» y «Según el favor del viento» formaron la base de la corriente musical conocida como la Nueva Canción Chilena. Las canciones fueron recogidas en las numerosas ediciones de Canciones reencontradas en París.

En junio de 1965 regresó a Chile. El 17 de diciembre de ese mismo año, en la esquina de avenida La Cañada con Mateo de Toro y Zambrano en la comuna de La Reina,​ instaló una gran carpa con el plan de convertirla en un importante centro de cultura folclórica, junto con sus hijos Isabel y Ángel y los folcloristas Rolando Alarcón, Víctor Jara y Patricio Manns, entre otros. Pese a su sueño de convertir la carpa en un referente para la cultura de Chile —donde instalar su «Universidad nacional del folclore», y realizar cursos de folclore chileno durante el día y una peña en la noche—,​ la respuesta no fue muy motivadora y el público no la apoyó.

El final de su relación con Gilbert Favre, quien se marchó a Bolivia en 1966, originó una de sus canciones más conocidas, «Run Run se fue pa’l norte». Lo fue a ver a Bolivia y lo encontró casado —un mito urbano atribuyó la depresión de Violeta a un amor no correspondido por el cantante Pedro Messone, algo que él mismo ha desmentido haciendo notar la gran diferencia de edad de ambos; esta relación entre ambos habría sido hecha pública por la misma cantautora al declarar en una radio que había tenido un «hermoso idilio con él durante una gira al sur»; sin embargo, habría sido el músico uruguayo Alberto Zapicán y no Messone su última pasión—.

Lanzado en 1966 y grabado junto con sus hijos y Alberto Zapicán, el disco Las últimas composiciones es considerado «su obra cumbre [y su] testamento musical, exhibe de modo superlativo la maestría y madurez artística que había alcanzado». El álbum incluye sus himnos humanitarios «Gracias a la vida» —interpretada por artistas como Mercedes Sosa, Raphael y Pedro Vargas (en 1977, las autoridades de Televisión Nacional prohibieron su triunfo en el programa La canción de todos los tiempos, en el que la interpretó Gloria Simonetti)— y «Volver a los 17» —cantada por Joan Manuel Serrat, Milton Nascimento, Franco Simone y muchos otros—, además de otras canciones importantes y conocidas, como «El rin del angelito», «Pupila de águila», «Cantores que reflexionan» y «El Albertío».

Según Margot Loyola, Violeta Parra le habría dicho: «Uno, comadre, tiene que decidir el momento de su muerte [… Yo] decidiré el momento en que quiero morir».​ Tras algunos intentos fallidos —durante 1966 había intentado cortarse las venas—,​ se suicidó​ de un disparo en la cabeza a los 49 años en su carpa de La Reina a las 17:40 del 5 de febrero de 1967.​ En su última carta, dirigida a su hermano Nicanor, escribió, entre otras cosas: «Yo no me suicido por amor. Lo hago por el orgullo que rebalsa [sic] a los mediocres».​ Cuando se enteró de su muerte, Pablo Neruda expresó: «De cantar a lo humano y a lo divino, voluntariosa hiciste tu silencio, sin otra enfermedad que la tristeza».​ Una capilla ardiente se levantó en su carpa​ y su funeral se llevó a cabo dos días más tarde, cuando fue enterrada en un nicho de la galería 31 del Cementerio General de Santiago. Posteriormente, sus restos fueron trasladados cerca del Memorial del Detenido Desaparecido y del Ejecutado Político en el mismo cementerio, y en 2018 se construyó una plazoleta alrededor de su sepultura.

Mientras que para muchos resulta paradójico que la autora de «Gracias a la vida», un himno a la existencia, se suicidara un año después de escribirla, otros críticos de su obra perciben en la letra, en el estilo de musicalización, en los tonos usados y en la monotonía de sus temas el reflejo de un estado de ánimo depresivo y una canción de despedida.

Póstumamente, se le otorgó la medalla Gabriela Mistral en 1998.

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